Tercer día: Tierra y vegetación

Dios juntó las aguas debajo del cielo. Llamó “tierra” a la porción seca y “mares” al conjunto de las aguas. Hizo que la tierra produzca toda clase de vegetación con semilla, según su especie (leer Génesis 1:9-13).

 

La geósfera y la hidrósfera

La tierra es el suelo que pisamos. Es también el nombre de nuestro planeta; aunque en realidad, más del 70% de la superficie terrestre está cubierta por agua, por lo que algunos lo llaman también el planeta azul, pues así se ve desde el espacio. Los geólogos son los científicos dedicados a estudiar la tierra y su composición. Ellos denominan geósfera a su estructura interna. Cabe aclarar que algunos geólogos creacionistas admiten que nuestro planeta puede tener millones de años, aunque la semana de la creación sea bastante reciente. Por su parte, la hidrósfera es el conjunto de aguas acumuladas en mares, lagos, ríos, arroyos y otras corrientes.

 

¿Qué significa en la Biblia?

Dios interviene en el tercer día para poner un límite a las aguas y descubrir la tierra seca. Así da el sustrato a la vida vegetal y animal que creará más tarde. Dios recuerda su obra creadora al patriarca Job, diciendo: “¿Quién encerró el mar tras sus compuertas cuando este brotó del vientre de la tierra? ¿O cuando lo arropé con las nubes y lo envolví en densas tinieblas? ¿O cuando establecí sus límites y en sus compuertas coloqué cerrojos? ¿O cuando le dije: “Solo hasta aquí puedes llegar; de aquí no pasarán tus orgullosas olas?” (Job 38:8-11). En la Biblia queda claro también que Jesucristo tiene control sobre todos los elementos. Pudo calmar una tempestad y la tierra tembló cuando murió en la cruz (Mateo 8:23-27; 27:51).

 

Reflexión

Hablando del fin de los tiempos, el apóstol Pedro señala: “…en los últimos días vendrá gente burlona que dirá: «¿Qué hubo de esa promesa de su venida? Nuestros padres murieron, y nada ha cambiado desde el principio de la creación». Pero olvidan que desde tiempos antiguos, por la palabra de Dios, existía el cielo y también la tierra, que surgió del agua y mediante el agua. Por la palabra y el agua, el mundo de aquel entonces pereció inundado. Y ahora, por esa misma palabra, el cielo y la tierra están guardados para el fuego. Pero no olviden que para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. El Señor no tarda en cumplir su promesa, según entienden algunos la tardanza. Más bien, él tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan” (2 Pedro 3:3-9).

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